III Domingo de Cuaresma
Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré
Jn 2,13-25
Queridos hermanos vamos avanzado en nuestro camino cuaresmal, recordemos que a partir de este domingo los evangelios se tomarán de San Juan, no ya de san Marcos, ellos nos irán presentando el misterio pascual con distintas imágenes: el templo destruido y reconstruido (3ro.); la serpiente en alto que atrae a todos (4to.) y el grano de trigo que muere y da fruto (5to.). El hilo temático es el misterio de la cruz de Cristo, con la esperanza pascual.
El pasaje que hoy hemos escuchado resulta difícil entenderlo en nuestro contexto, sin más, es fácil ponernos de parte de Jesús, y considerar unos viles traficantes a los mercaderes del templo, acusándolos de comerciar con lo más sagrado. Desde el punto de vista de un judío piadoso, el problema es más grave. Si no hay vacas ni ovejas, tórtolas ni palomas, ¿qué sacrificios puede ofrecer al Señor? ¿Si no hay cambistas de moneda, cómo pagarán los judíos procedentes del extranjero su tributo al templo? Nuestra respuesta es muy fácil: que no ofrezcan nada, que no paguen tributo, que se limiten a rezar. Esa es la postura de Jesús. A primera vista, coincide con la de algunos de los antiguos profetas y salmistas. Pero Jesús va mucho más lejos, porque usa una violencia inusitada en él. Debemos imaginarlo trenzando el azote, golpeando a vacas y ovejas, volcando las mesas de los cambistas.
Imaginemos la escena en nuestros días.
San Juan explica esta reacción al afirmar: Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: El celo de tu casa me devora. El celo por la causa de Dios había impulsado a Fineés a asesinar a un judío y una moabita; a Matatías, padre de los Macabeos, lo impulsó a asesinar a un funcionario del rey de Siria. El celo no lleva a Jesús a asesinar a nadie, pero sí se manifiesta de forma potente. Algo difícil de comprender en una época como la nuestra, en la que todo está democráticamente permitido. El comentario de san Juan no resuelve el problema del judío piadoso, que podría responder: “A mí también me devora el celo de la casa de Dios, pero lo entiendo de forma distinta, ofreciendo en ella sacrificios”. Quienes no tendrían respuesta válida serían los comerciantes, a los que no mueve el celo de la casa de Dios sino el afán de ganar dinero.
Ahora si analizamos la actitud de las autoridades del templo en contra de lo que cabría esperar, no envían a la policía a detener a Jesús (como harán más adelante). Se limitan a pedir un signo, un portento, que justifique su conducta. Porque en ciertos ambientes judíos se esperaba del Mesías que, cuando llegase, llevaría a cabo una purificación del templo. Si Jesús es el Mesías, que lo demuestre primero y luego actúe como tal.
La respuesta de Jesús es aparentemente ilógica: Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré. Cosa totalmente imposible.
Curiosamente, san Juan no cuenta cómo reaccionaron las autoridades a esta respuesta de Jesús. Pero nos dice cómo debemos interpretar esas extrañas palabras. No se refieren al templo físico, se refieren a su cuerpo. Los judíos pueden destruirlo; él lo reedificará.
Esto último explica por qué se ha elegido este evangelio para el tercer domingo de cuaresma. En el segundo, la Transfiguración anticipaba la gloria de Jesús. Hoy, Jesús repite su certeza de resucitar de la muerte. Con ello, la liturgia orienta el sentido de la Cuaresma y de nuestra vida: no termina en el Viernes Santo sino en el Domingo de Resurrección.
Quedémonos con los dos pasos o momentos del evangelio en relación con el templo: destruir y reconstruir. Es muy importante la relación entre la muerte y resurrección de Jesús y la destrucción y reconstrucción del templo, Y del misterio pascual de Jesús pasamos a nuestra propia vida con la misma paradoja: hay que morir para vivir, hay que aceptar ser destruidos para ser reconstruidos. Es una paradoja que sólo puede aceptarse desde la Fe en la Resurrección. Antes no se comprende, como no lo comprendieron tampoco los discípulos sino hasta que Jesús resucitó.
En nosotros, este proceso de destrucción y reconstrucción tiene diversas aplicaciones:
En primer lugar, se trata de destruir-morir al pecado, al hombre viejo, para reconstruir-resucitar a la gracia, al hombre nuevo en Cristo.
En segundo lugar, dado que el templo simboliza el lugar de encuentro con Dios y nuestra relación con Él, esto implica que hay una manera de relacionarnos con Dios que debe morir, ser destruida, para que nazca una nueva relación con Dios, en Cristo y por Cristo, posible en todo momento y lugar.
En tercer lugar, y también dentro de este proceso pascual, se nos invita a dejar que nuestra falsa imagen de Dios sea destruida para que Dios pueda reconstruir en nosotros su verdadera imagen. Y de ese modo se construye una verdadera relación con Dios: filial, amorosa, libre, comprometida. En este sentido debemos reconocer que siempre será una tentación del hombre religioso construirse un “dios” a medida, objeto de manipulación inconsciente: esto es un ídolo y no el Dios verdadero. Con este “dios” se comercia, tal como denuncia Jesús en el evangelio de hoy.
Ahora bien, aceptar la destrucción no es nada fácil. Requiere una fe muy confiada en Dios y en su poder para reconstruir algo nuevo sobre lo destruido. Se trata, en lo concreto, de aceptar la intervención del Señor en nuestra vida, de dejar obrar a la Sabiduría divina en nosotros. Es un momento muy crítico en la vida del creyente, pero al mismo tiempo es un paso necesario en una verdadera y profunda conversión cuaresmal.
Dios nos toca de muchas maneras para llevarnos a este estado de conversión, a veces incluso con violencia. Nosotros sólo podemos prepararnos para que Dios nos toque. Tendrán que ocurrir muchas cosas fuera de nuestra voluntad o de nuestra generosidad natural. Esta vuelta total no implica tan sólo que seamos heridos interiormente, sino también que se cuarteen nuestros cimientos. Habrá rotura y pedazos. Algo en nosotros tiene que venirse abajo, pero este hundimiento no es más que un comienzo, aunque lleno ya de esperanza. No hay que tratar de volver a edificar lo que la gracia ha destruido. Hay en ello algo que tenemos que aprender, pues es grande la tentación de construir un andamio ante la fachada que se bambolea y volver al trabajo. Tenemos que aprender a permanecer junto a los escombros, sin amarguras, sin dirigirnos reproches y sin acusar tampoco a Dios. Tendremos que apoyarnos en estos muros en ruina, llenos de esperanza y de abandono, con la confianza de un niño que sueña con que su padre lo arreglará todo, porque sabe que todo puede reedificarse de otra manera, mucho mejor que antes. Amén.
+ Faustino Armendáriz Jiménez
Arzobispo de Durango

