“…sé juicioso, filtra tus vinos, y mide tus largas esperanzas con el breve espacio de la vida. Mientras nosotros hablamos, el tiempo envidioso huye. Coge este día y fíate lo menos posible en el siguiente.”
Horacio
Úrsulo Hernández Camargo
La vida tiene su forma de sorprendernos, sobre todo cuando sentimos que nos cambia la jugada. A veces nos sobresalta un poco, a veces un mucho, pero siempre hace el camino más interesante. Tenemos una especie de diseño de lo que esperamos, puesto que nos decimos a nosotros mismos: a esto sigue esto otro y luego lo de más allá. Y así vamos deambulando hasta que, de pronto, ocurre algo que cambia el escenario, desde cosas tan triviales que solo nos empujan a mover la agenda diaria, hasta sucesos relevantes que nos obligan a modificar nuestra perspectiva de la vida.
Y eso es precisamente lo que le ocurre al ejecutivo de una empresa de paquetería en la película Náufrago. En la época de fin de año Chuck Noland y su novia están cenando con unos amigos cuando recibe un mensaje de la compañía en el que le piden hacer un viaje.
Chuck viaja el día siguiente, pero su avión se estrella en el mar, ocasionando la muerte de todos los pasajeros, excepto de Noland que es arrastrado por la corriente hasta una isla desierta. Durante su estancia en la isla atraviesa por varias experiencias entre las que destacan la creación del fuego, el encuentro de un interlocutor y dos intentos para regresar a la civilización.
En una primera etapa se ve forzado a alimentarse de coco y mariscos crudos, por lo que, cansado de tal situación, se da a la tarea de frotar dos pedazos de madera para hacer fuego. Como no lo consigue a las primeras se desquita con una pelota de voleibol que ha rescatado del naufragio: la arroja fuera de su vista en forma violenta, pero luego la recupera casi de manera inmediata, le dibuja rasgos humanos y le pone el nombre de “Wilson”. Finalmente logra encender los trozos de madera.
El hecho de que ambos sucesos ocurren casi en forma simultánea, nos deja la impresión de que el náufrago ha tenido que echar mano de confederados o testigos para conseguir una hazaña de esa envergadura. Porque no se trata de un asunto menor, ya que en su situación actual, su único vínculo con su vida anterior es una fotografía de su novia Kelly. Por eso, cuando un barco pasa cerca de la isla, Chuck le hace señas frenéticas a la tripulación para que lo rescaten. Como no pueden verlo, al día siguiente trata de salir de la isla en una lancha salvavidas, pero es detenido por el oleaje y golpeado contra los arrecifes.
Después de este incidente sigue un periodo de calma chicha en el que Chuck continúa llevando un registro del tiempo que ha permanecido en ese sitio, dibuja el rostro de su novia en las paredes de una cueva e incluso intenta suicidarse. Una mañana es sorprendido por el ruido que hace una parte del fuselaje del avión al golpear contra las piedras de la playa. La recupera sin una razón particular, la coloca en la arena y se pone a observarla. Cuando una ráfaga de viento la derriba, Noland intuye que puede utilizarla como vela en una balsa para escapar de la isla.
Con esa idea en la mente, busca los materiales necesarios y se pone a trabajar en forma apresurada, puesto que quiere acabar cuando inicia la próxima temporada en que los vientos son favorables. Antes de irse graba un mensaje en la piedra en el que dice que estuvo prisionero en ese sitio durante 1500 días, que escapó al mar y que ama a Kelly.
Ya en mar abierto encuentra una tormenta y su embarcación se empieza a deshacer. “Wilson” se cae al agua y se va alejando de la balsa hasta el punto en que Chuck se ve obligado a abandonarlo. Este es uno de los momentos de mayor dramatismo porque el náufrago se vuelve a quedar sin interlocutores. Finalmente es rescatado por un barco.
Chuck trata de recuperar su vida anterior, pero las cosas ya no son las mismas. En su ausencia se ha hecho un funeral y Kelly se ha casado. Por lo tanto se ve en la necesidad de adaptarse a sus nuevas circunstancias: “Estoy muy triste por no tener a Kelly, pero estoy muy agradecido de que ella haya estado conmigo en la Isla. Debo seguir respirando porque mañana saldrá el sol. ¿Quién sabe qué traerá la marea?”
Con esas palabras Chuck Noland deja un testimonio de que ha aprendido la lección y nos hace recordar el poema de Kavafis.
“Itaca te brindó tan hermoso viaje./ Sin ella no habrías emprendido el camino./ Pero no tiene ya nada que darte.
…
“Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado./ Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,/ entenderás ya qué significan las Itacas.”

