Ideario

Por Azu Macías

Anestesia emocional y armaduras andantes. Esta era la historia de un caballero quien cada que llegaban los peligros se ponía la armadura para proteger a su familia e indirectamente obtenía reconocimiento de todo el pueblo por su valentía y porte; cada vez las batallas que libraba se volvían más y más, de forma que decidió dejar de quitarse la armadura. Se sintió protegido y seguro de que a él no le pasaría nada y así podría proteger mejor a los que amaba, ningún peligro podía con él. Desafortunadamente, su amada esposa y su hija no podían sentir el calor de su abrazo y él tampoco, su aventura real comenzó con el camino que tuvo que recorrer para quitarse la armadura que parecía haberse ceñido a su ser.

Más o menos es la historia del «Caballero de la armadura oxidada» de Robert Fisher, y parece ser que no solo es la historia del personaje sino también de quienes para protegerse de daños emocionales se esconden detrás de mascaras que luego se convierten en cascos, de escudos que luego se transforman en armaduras y sí, el daño pasa filtrado, pero viven anestesiados de emociones.

¿Qué caso tiene vivir anestesiados entonces? No gana más quien de todo se protege, aunque si bien las experiencias de la vida nos pueden dejar sintiéndonos vulnerables y con la sensación de que no quisiéramos volver a pasar por ello, también es cierto que de cada experiencia hemos salido más sabios y que aunque recibimos daño, también podemos experimentar el calor del amor, de la confianza, la cercanía, de la diversión que implica tener la flexibilidad para aventurarnos a cosas distintas, a sentir las maravillas del asombro.

Una persona me dijo que había conseguido que no la volvieran a dañar, le pregunté cuánto tenía sin volver a sentirse emocionada o profundamente conectada y guardó un largo silencio; le expliqué que se escondía detrás de su armadura y eso le impedía no solo sentir lo desagradable sino también lo bello de relacionarse con otros.

Todos hemos sido lastimados en alguna ocasión y vaya que duele, pero escondernos nos quita la posibilidad de volver a entregarnos a la vida, a las emociones. Vivir anestesiados no es vida que valga la pena, hay que procesar el dolor experimentado y darle un buen lugar, tratar de inscribirlo de la mejor manera posible en nuestro corazón, encontrar la compasión hacia nosotros y hacia la experiencia, asumir lo aprendido, buscar el perdón y con el tiempo reconectar con nuestro potencial de disfrute, de felicidad, alegría y amor, para entrarle de nuevo a la vida, sí, con más precaución, pero sin olvidar quitarnos la armadura.

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