¿Vergüenza tóxica?

MTF. Alfredo Arévalo

A lo largo de nuestra vida, todos hemos experimentado alguna vez la sensación de vergüenza; que junto con el orgullo o la culpa, denominadas autoconscientes, donde la vergüenza se acompaña de la manifestación de toda una serie de síntomas tanto físicos como mentales. Pero al igual que el resto de emociones, tiene su función específica: alertarnos que hemos obrado mal y permitir, en última instancia, corregirnos.

Podemos vivir diferentes situaciones que pueden actuar como desencadenantes de reacciones de vergüenza en la mayoría de nosotros, aunque también esta depende de nuestra educación, nuestra cultura, y en última instancia, de nuestras experiencias previas. Estos aspectos nos demuestran como cada persona puede vivir la intensidad de la emoción, es decir, dos personas no experimentan el mismo grado de vergüenza en una misma situación, sin embargo, cuando hablamos de vergüenza tóxica, no hablamos de una vergüenza excesiva, sino más bien de una vergüenza constante.

Si hablamos de la “vergüenza normal”, como cualquier otra emoción: va y viene; la diferencia principal es que en algunas personas esta se instala de forma permanente y puede llegar a ser extremadamente dolorosa, incluso incapacitante. Como hemos hablado de otras circunstancias, como la tristeza, o un duelo, donde a partir de sentirlo tanto tiempo se vuelve algo patológico.

La vergüenza suele aparecer cuando nos miramos a nosotros mismos con una mirada crítica y nos evaluamos con dureza; esto a menudo lo hacemos por cosas o situaciones sobre las que tenemos, en última instancia, poco o ningún control, como son lo que piensan los demás de nosotros mismos.

Una persona que padece de vergüenza tóxica experimenta sentimientos crónicos de baja autoestima, pobre autoimagen, y autodesprecio; todos estos pensamientos son derivados de la creencia infundada que son inferiores a los demás o que deben avergonzarse de ellos mismos por no ser suficientes. En otras palabras, podríamos decir que la vergüenza tóxica es la vergüenza negativa interiorizada que forma parte de nosotros mismos, es decir, que ha pasado a formar parte de nuestra personalidad.

Posiblemente, algunas ocasiones hemos confundido la culpa con la vergüenza, ya que de alguna manera pueden estar relacionada; la culpa se describe como el sentimiento desagradable de tristeza por algo que has hecho, es decir, nace de una sanción propia o ajena. La vergüenza no tiene que ver con lo que hacemos, sino con nosotros mismos, es el sentimiento desagradable de tristeza por cómo somos como persona.

En este sentido también podemos entender que mucho de lo que somos viene de nuestro sistema de creencias, al cual se relaciona de manera directa la vergüenza, la culpa y el orgullo. Pero algo importante que recalcar de este sistema de creencias es que al ser una serie de reglas que se han formado a lo largo de nuestra vida, muchos de los mandatos que seguimos en realidad no nos corresponden, y son frases o ideas que escuchamos de nuestros padres o seres queridos, que vienen a definirnos mucho tiempo después.

La vergüenza tóxica suele formarse y reforzarse a través de las experiencias de la primera infancia (3 a 6 años); y a medida que crecemos, somos capaces de entender cómo nuestras acciones afectan a los demás, esto depende de muchos factores extrínsecos, por ejemplo, las creencias culturales. Existen varios países como China y la India donde eructar está bien visto, es más, es un gesto de cortesía y significa que estamos satisfechos con la comida; a partir de estas observaciones empezamos a entender y a diferenciar qué comportamientos podemos mostrar y a clasificarlos como aceptables o inaceptables.

En esa etapa de nuestra vida, nuestro entorno cercano y nuestros padres desempeñan un papel fundamental, recordándonos que no se nace sabiendo y qué podemos meter la pata y enseñándonos otro tipo de comportamientos, o al menos, no castigándonos por algún error que no ha sido premeditado (en el mejor de los casos). Sin embargo, en algunos casos, esto no ocurre y recibimos mensajes, aparte de inútiles, bastante perjudiciales, cuándo nos equivocamos o peor toda vida cuando expresamos una idea con la que no están de acuerdo.

Mostrar desaprobación o decepción, en vez de guiar a otros comportamientos, puede afectar muy negativamente al desarrollo de la autoestima de los niños. Pero, si además, estas emociones no se centran en las acciones del pequeño, sino en aspectos que tienen que ver con él mismo, pueden llevar a la aparición de toda una serie de sentimientos negativos, como vulnerabilidad, inadecuación, o incluso puede hacer, en última instancia, que estos niños se sientan indignos de recibir amor o atención positiva.

La vergüenza tóxica es compleja de tratar porque puede pasar inadvertida y, además, es difícil de admitir; sin embargo, existen una serie de estrategias pueden ayudarnos a empezar a recuperarnos en el caso de enfrentarnos a este sentimiento, como cambiar los mensajes que nos enviamos a nosotros mismos, la meditación, abrirnos a los demás y compartir los sentimientos de vergüenza que nos atormentan, buscar relaciones satisfactorias que nos aporte compasión, y en el caso de considerarlo necesario también podemos acudir a terapia. Un profesional puede ayudarnos a dar los primeros pasos para enfrentarnos al problema.

“Los errores personales no son causa de vergüenza, lo que realmente humilla es que son vistos por todos”.  Milán Kundera.

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