Por Azu Macías
Laberintos de soledad… Estaban todos sentados en la sala mientras charlábamos de los problemas que los aquejaban, poco a poco fuimos definiendo estrategias para mejorar la convivencia y cuando el estrés se hubo relajado en cuestiones prácticas, pudimos entrar al verdadero problema: cada miembro de esa familia se sentía solo, nadie sabía cuál era la historia que el otro cargaba a cuestas y le generaba emociones diversas que no les permitían relacionarse de manera sana y relajada. En lugar de darse contención, se atacaban unos a otros.
Entonces les pregunté quién quería comenzar a contar su historia y uno a uno narraron lo que les sucedía, comenzaron a encontrar su voz para compartir desde lo más íntimo sus preocupaciones por las que a veces reaccionaban con enojo, los demás callaban y al final pudieron encenderse luces de comprensión para que observaran la verdadera necesidad del otro: sentirse amado y aceptado en el núcleo de la familia, en lo que son… pudieron abrazarse y brindarse apoyo.
Pero en la época actual, esto puede representar un verdadero reto, quién tiene tiempo de compartir con otro lo que verdaderamente siente, lo que le preocupa. Las soluciones que emprendemos para dejar de sentirnos solos pueden acrecentar la soledad: redes sociales llenas de amigos, pero personas que se sienten tan solas que a nadie se le ocurriría que están deprimidas, familias donde todos comen juntos, pero que cada uno está mirando el celular y no alcanzan a compartir lo que en su mundo interior sucede, que no saben cuáles son sus miedos, sus preocupaciones, sus éxitos y fracasos, los anhelos más deseados.
Ya Octavio Paz acuñó este título a su renombrado libro, donde nos explica cómo vamos poniéndonos máscaras que nos impiden relacionarnos desde el verdadero ser y nos dejan sintiéndonos aislados. Aunado a esto, la crisis de salud actual representa la alerta más severa en el sentido emocional: “paren de abrazarse y saludarse de beso”, nos dicen en los medios en un tiempo en el que justamente muchos andamos necesitando el contacto físico. Tal vez pueda ser, sin embargo, una oportunidad no de vivir desde el miedo, sino de reconectarnos con nosotros mismos y los seres más cercanos con los que estaremos en casa, redescubrir quiénes somos y contenernos con amor desde el uso de la palabra.
La palabra nos permiten conectarnos, abrirnos, liberar la tensión, esto descubrieron muchas mujeres recientemente en las marchas en que decidieron romper el silencio. Romper el silencio es la forma de salir del laberinto de soledades en el que nos hemos metido: empecemos a decir quiénes somos, cuáles son nuestras historias, qué nos duele y nos acontece para dejar a entrar a otros a ese mundo interno nuestro donde nos habíamos colocado solos y encontrar que hay más gente sintiéndose igual, pero para ello primero hay que escuchar, escuchar de verdad y no solo pensar qué vamos a contestar. Desde ahí podremos pedir lo que verdaderamente necesitamos y escuchar atentamente lo que necesita el otro.

